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El curioso viaje de Asel Luzarraga al centro de la credibilidad

Tal vez no conozcais el caso de Asel Luzarraga, escritor vasco residente en Chile defensor de los derechos del pueblo mapuche, detenido y acusado de tener relación con 4 atentados con artefactos caseros, en fechas en que estaba fuera del país. Un buen resumen lo teneis en este artículo de Lutxo Egia.

Vuelvo a un cuento en donde su personaje principal, Ud, se escandaliza al leer una historia que juzga literariamente inverosímil. Son días en los que Ud sigue atento lo sucedido a los mineros sepultados en la mina San José de Atacama. Perfora el subsuelo desde su PC a fin de discernir entre lo creíble y lo increíble. Y es que centro (poder) y verosimilitud van de la mano. Inocencia y culpabilidad se han solapado hasta el punto de que uno, después de ser arrestado, es presunto culpable ante uno mismo y ante los demás. En este sentido, El misterioso caso de Asel Luzarraga (como si fuera El curioso caso de Benjamín Button, esa novela de Scott Fitzgerald en la que un hombre nace con el cuerpo de una persona de 80 años) es un tortuoso viaje al centro.

Comienza el 31 de diciembre de 2009. A Asel le aplican la Ley Antiterrorista. Se le achaca tener relación con cuatro atentados realizados con artefactos caseros (la mágica solución anarquista del extintor y la pólvora) entre diciembre de 2008 y diciembre de 2009. Curiosamente, pasaporte en mano, Asel prueba que en varias de las fechas aludidas se encontraba fuera del país. La jueza duda entre retirar la imputación o conceder a Asel el don de la ubicuidad.

En seis días, Asel ha pasado de ser presunto inocente de haber perpetrado cuatro atentados a presunto culpable de no haber perpetrado ninguno. Se le acusa de poseer un extintor vacío, varios gramos de pólvora y mecha, entre otros. El caso, a falta de más pruebas (Asel niega haber tenido jamás esa trinidad anarco-explosiva), se convierte en un peregrinaje a los múltiples centros de la credibilidad: la policía, que descubrió los artefactos iraquíes; el fiscal, que se arroga la cualidad divina de profetizar que Asel los guarda para atentar; los media del país (los de éste y los de aquél, qué más da en Ciudad 2.0), que reproducen fielmente el guión escrito por el gobernador de la provincia de Cautín; y el juez, que encuentra a Asel culpable de tenencia de ciertas ausencias, pero le exime de ingresar en la cárcel.

¿Punto final? No. Es sólo una sensación de déjà vu, el proceso kafkiano que aburre hasta la extenuación y que obliga a la verosimilitud a un viaje sin retorno hacia el centro o, mejor dicho, al eterno retorno. Asel escribió en su blog sobre el derecho de los mapuches a recuperar parte de la tierra que antaño les fue arrebatada, inhalando un grisú que le ha inmovilizado durante ocho meses a más de 700 metros de profundidad, allí donde la incertidumbre, a modo de relato verniano, viaja al centro de la tierra. Volverá a suceder.

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